Fuente: El TIEMPO - Abril 27 de 2007
LA BRUTALIDAD
DEL PARAMILITARISMO
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La
publicación, el pasado martes, de las impresionantes imágenes y crónicas sobre
las masacres de los paramilitares, sobre la tragedia de miles de familias y
sobre el dolor de los parientes de los desaparecidos que hizo este diario va a
hacer pensar dos veces a quienes repiten como loritos que el paramilitarismo es un mal necesario y que fue un mecanismo
de defensa de quienes se vieron abandonados por el Estado y amenazados por la
guerrilla, o a quienes todavía piensan que se justifica la guerrilla porque
persisten la pobreza y la desigualdad en Colombia.
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Rudolf Hommes. Columnista de EL TIEMPO.
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Les
podremos responder con el informe de seis páginas que apareció en EL TIEMPO que
no hay propiedad, bienes terrenales o, inclusive, circunstancias de seguridad o
de integridad personal o familiar que justifiquen la barbarie que muestra
gráficamente el informe referido.
Por
otra parte, condiciones sociales como las que lamentablemente se mantienen en
Colombia en muchas regiones y que marcan asombrosas diferencias entre las
personas de altos ingresos y las de ingresos bajos, por injustas que sean,
tampoco son razón para este salvajismo.
En
otros periódicos se han publicado crónicas que han tenido el mismo efecto,
entre las que se destaca la de El Colombiano sobre los desaparecidos que flotan
en los ríos de Colombia y la adopción como santos personales que hacen los
habitantes de pueblos ribereños de los N. N. que nadie reclama. El periodismo
colombiano, muy profesionalmente, está comenzando a sacar a la luz lo más
macabro de la guerra que se lleva a cabo en Colombia.
Ojalá
esto contribuya a atenuar la tendencia del país hacia la polarización, y el
entusiasmo de millones de compatriotas con la extrema derecha y con la
justificación de las vías de hecho. El país necesita parar esta guerra
fratricida, que favorece principalmente al narcotráfico, los secuestros
políticos o económicos, el evidente genocidio y el sometimiento brutal y
sistemático de la población pobre en los campos y en los barrios marginales,
que se ha llevado a cabo en aras de una supuesta "pacificación" con
un inexplicable respaldo popular.
La
contribución de crónicas o informes como los mencionados es que obligan a
quienes respaldan alguna de esas formas de violencia a confrontar sus
posiciones ideológicas o políticas con las imágenes de crueldad y de
bestialidad que se están divulgando. También tienen que poner a pensar a los 'parapolíticos', pues el tema no es si estuvieron o no
sentados en una mesa con los responsables, sino que han sido parte de algo que
una sociedad civilizada tiene que rechazar con todas sus fuerzas y extirpar.
Hasta
ahora, la tendencia de la opinión pública, a la que seguramente ha contribuido
la ligereza de algunos medios masivos, ha sido la de desarrollar una coraza que
ha impedido la percepción de lo que ha venido pasando en el país, o que esta
percepción se haga efectiva y estimule la conciencia.
Todo
el mundo sabe desde hace rato lo que pasa en Colombia y se conocen
estadísticas, pero, por indiferencia o por el temor al terror de los grupos
armados, implícitamente se ha aceptado la violencia como algo sobre lo que no
tenemos control. Porciones demasiado numerosas del público justifican la
brutalidad de las acciones paramilitares, abusos o violaciones de derechos de
las autoridades, desplazamientos forzados y demás excesos, como algo necesario
o como algo que no se puede evitar.
Si la
revelación de estos hechos ya tiene a mucha gente horrorizada, hay que tener en
cuenta que todavía hace falta mucho por divulgar. Es posible, entonces, que
estos informes enfrenten en forma chocante a los individuos con la realidad y
produzcan un efecto positivo porque la sociedad en su conjunto tiene que
reaccionar. No solamente debe rechazar lo que ha sucedido y continúa pasando,
sino que debe propiciar un cambio de rumbo para poder crear un país en el que
dé gusto vivir, sin temor, sin vergüenza o remordimiento de conciencia.
Rudolf Hommes
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Es esta una interpretación clara que deja muy bien justificada la necesidad apremiante que tenemos de sacar de circulación esa negación de los valores más elementales que se ha ido insinuando en la mentalidad del ciudadano colombiano…es una invitación para que la angustia que genera la violencia no se traduzca en justificación de más violencia….el análisis es claro : nada, ninguna injusticia, justifica que aquel colombiano que de buena fe asuma querer el bien para Colombia, pueda permitirse hacer un llamado adicional a la violencia…tenemos ante nosotros el camino abierto para sobreponernos a la vergüenza que hoy recae sobre todos nosotros y para hacer de Colombia el país que nuestros hijos merecen.